Veo la cabeza de un reno muerto apoyada sobre la nieve, llena de sangre. (No, mejor rebobino). Estoy corriendo y me escuecen los ojos. (Tampoco. A ver, que me explique). Tengo que acudir a un pase de prensa para una película. (Sí, mejor así). Mi misión es verla, analizarla y escribir una crítica para una web. Llego justa, muy justa. Por eso estoy corriendo desde la parada de metro, sin las lentillas puestas. Porque durante mi ducha de tres minutos me he metido champú en los ojos, me pican y no he conseguido ponérmelas. Cuando llego a la sala de cine, apagan las luces y me quedo de pie, sintiéndome definitivamente invidente. Empiezan los créditos. No veo nada. Estoy parada, ciega e indefensa, hasta que intuyo una fila de butacas, me agacho… y me siento sobre un señor. Por supuesto me disculpo con mi mejor sonrisa, huyo aguantándome la risa, reviso otro sitio con las manos y me desplomo sobre él. Bueno, al menos ya he llegado. Me quito el abrigo, saco las gafas del bolso y apunto en una libreta el título de la película: “Le vendeur”. Sólo son las 10 de la mañana y voy a tener que tragármela en francés. Intento prestar atención. Aparece la cabeza de un reno muerto apoyada sobre la nieve, llena de sangre. Se me empieza a revolver el estómago. Recuerdo que no he desayunado. Aparecen un montón de trofeos en un despacho, y un anciano convenciendo a un hombre de que compre un coche. Ah, ya veo. “El vendedor” es el mejor vendedor del concesionario de un pueblo de Canadá. Presto atención a ver si sueltan alguna frase bonita, que quede bien para el artículo. Nada. Sólo hay planos eternos de una ciudad muy fea. Paisajes deprimentes, nada de música, silencios, mucha… mucha nieve. Uff… Bueno, seguro que el protagonista es interesante, con sus técnicas de venta raras. Quizá tenga una vida paralela, un secreto oculto… Cuando volví a abrir los ojos, el anciano seguía en su despacho. Madre mía… he dado una cabezadita. Madre mía, esto no puede ser. Miro muy fijamente la pantalla, abriendo mucho los párpados. ¿Me habré perdido algo? No lo parece. El vendedor sigue ahí, en su despacho, cuando de pronto llega un tío muy siniestro con una gabardina: “Conozco tu secreto, anciano. Sé que eres transexual”. ¿Transexual este señor de 70 años? Me despierto bruscamente al notar mi cabeza caer. Estoy dormida. Me estoy inventando la película. El señor no está en su despacho con el tío imaginario de la gabardina. Está en su casa comiéndose una sopa. El crítico de cine que tengo sentado delante se da la vuelta y me dice algo desagradable. Creo que que pare de darle golpes. Me quedo mirándole sin inmutarme y vuelvo mi mirada a la película. El anciano se mete una cucharada de sopa en la boca, mirando al infinito. No se oye nada, no hay música. Tan sólo el sonido de la cuchara al chocar contra el cuenco. Entonces entra en la cocina una señora y empieza a preguntarle por mí, que qué tal está su nieta… ¿Por mí? Abro los ojos angustiada. ¡Pero bueno! ¡Me estoy durmiendo a saco! ¿Es que no puedo controlarme? Soy un adulto, debería ser capaz de terminar este tostón sin quedarme dormida como un bebé. Cambio de postura, a ver si me despierto. Y al cruzar las piernas rozo ligeramente el asiento del de delante. El crítico de cine se da la vuelta con odio; pero le corto antes de que hable, levantando la mano en señal de disculpa y mirando la pantalla. ¿Le habré dado muchas patadas a este hombre tan desagradable? Que me deje en paz, que no pague su aburrimiento conmigo. Yo también estoy aburrida. Miro a ambos lados. ¿Estará toda esta gente más atenta que yo? ¿Me habrán visto dormirme como una cerda? A mi derecha hay a un chico con la cabeza retorcida y la boca abierta. Ji ji, qué tío. Menudo siestorro. Qué descaro. Qué envidia. Le toco con el brazo y le pregunto que si tiene algo de comer, que no he desayunado. El chico, muy amable, saca una croqueta y me la regala. Justo cuando voy a dar un mordisco, un ronquido a mi espalda me despierta. Otra vez la cabeza de reno ensangrentada. Aparecen los créditos. FIN. ¿He dormido dos horas? ¿Ha acabado la tortura? Me levanto y me voy antes de que el crítico antipático me vuelva a regañar. Reconozco que no conocía esta faceta mía tan primaria. Me he dormido otros truños antes en el cine, pero nunca cuando se supone que estoy trabajando. Pero estoy tan enfadada que ni siquiera me arrepiento. De hecho, me compro una palmera de chocolate para dejar de estar tan aburrida (y porque estoy mareada). ¿Y ahora qué escribo? Según mis flashbacks, la peli va de un anciano que a veces está sentado con sus trofeos y otras está de pie enseñando coches. Tendré que inventarme algo sobre la alienación del hombre en su trabajo. Sobre la importancia de la familia, las prioridades y la búsqueda de la verdadera felicidad. Busco su puntuación en filmaffinity: un 5,9. Qué mentira. ¿O soy yo la mentirosa? La pondré un 2, por presuntuosa.

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5 Comentarios en “Le vendeur” que yo vi

  1. Puro Carol!!!!! Jajaja me he partido!!!!! Debo decir que es una de tus mejores críticas!! A difundir!

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  2. jajaja genial!!!

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  3. jajajjaj BRUTAL

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  4. jajjajaja esta no la había leído!! jajjajjaj

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